miércoles, 3 de octubre de 2007

BREVE BIOGRAFIA DE FERMIN SALVOCHEA ESCRITA POR EL HISTORIADOR JOSE LUIS GUTIERREZ MOLINA


Memoria histórica

A los 100 años de la muerte de Fermín SalvocheaVigencia de un propagandista por el hecho

“Salvochea no eran sus artículos periodísticos que, incluso,sus seguidores nunca habían leído. Ni tampoco era los Libros ni los ensayos eruditos. Era el ejemplo, su vida de sacrificios para que el pueblo tuviera justicia, un apostolado... Eso importaba más que su programa”Diego Abad de Santillán, “Ayer, hoy, mañana”

El movimiento libertario español. Presente, pasado y futuro
París, Suplemento de Cuadernos de Ruedo Ibérico, 1974, pág. 281
Una gran manifestación acompañó al entierro de Salvochea. / RAMÓN MUÑOZ

Juventud y primeras influencias (1842-1864)
Salvochea es uno de los anarquistas que pueden considerarse “burgueses
desclasados”. Su padre era exportador de vinos a la Gran Bretaña.
Un tráfico que, durante su infancia, estaba en pleno auge y fue la causa por la que, quinceañero, marchó a Inglaterra para aprender la lengua de sus clientes e iniciarse en los secretos del negocio. Su madre, Pilar Álvarez Benito, era prima de Mendizábal, presidente de gobierno y autor de la desamortización eclesiástica de 1835.

El niño Fermín estudió en el prestigioso colegio de San Felipe Neri hasta 1858. En esa fecha su vida experimentó un gran cambio al marchar a Inglaterra.
Fueron seis años de aprendizajes.


Quizás no en la dirección esperada por su familia. Entre Liverpool y Londres descubrió a personas e ideas que, según propia confesión, le influyeron grandemente. Uno fue Thomas Paine, difusor de los principios de la Revolución Francesa y “hombre de acción”, pudo darle a Salvochea el gusto por la acción y el internacionalismo. De origen inglés, fue diputado francés y uno de los impulsores de la independencia de los Estados Unidos. Sus palabras “mi patria, es el mundo; mi religión, hacer el bien y mi familia, la humanidad” tuvieron una gran ascendencia en el joven gaditano.

Otro fue Robert Owen. De él posiblemente conoció los principios comunistas que inspiraron sus experiencias comunitarias, sus ataques a la propiedad privada y al matrimonio. Charles Bradlaugh le hizo ateo. Predicador anglicano terminó por cuestionar los dogmas eclesiásticos. Durante los años en que Salvochea estuvo en Inglaterra, Bradlaugh publicó una serie de folletos en los que rechazo la existencia de Dios. Su influencia se puede rastrear en el anticlericalismo y los contactos con círculos libre-pensadores que mantuvo Salvochea.

“Lo demás vino solo”. Cuando regresó a Cádiz estaba impregnado de los grandes principios que guiarían su actuación:
Republicanismo,
Igualitarismo comunitario,
Ateísmo
Internacionalismo.

De conspirador a presidiario (1864-1873)
La actividad pública de Salvochea comenzó poco antes del Sexenio Revolucionario. El periodo que va de la sublevación de Prim, Topete y Serrano en Cádiz, en septiembre de 1868, a la restauración de la monarquía borbónica en 1875. Salvochea fue uno de los “demócratas”, con conciencia social, que pensaban que el nuevo régimen no sólo debía satisfacer las demandas burguesas sino también
mejorar las condiciones de vida de las clases populares.

Hacía años que España vivía un caldo de cultivo propicio para las conspiraciones contra Isabel II. En Cádiz, unos grupos se articulaban en torno a las ideas de Fernando Garrido, que se definía como “republicano socialista”. De ellos saldrían los creadores del Centro Obrero Federal de 1870. Otros hacían causa con Rafael Guillén Martínez, José Bartorelo y Ramón Cala. Seguidores de Carlos Fourier cuyo pensamiento se había difundido desde los años treinta en la provincia. Por sus calles circulaban periódicos como el madrileño La Democracia, del republicano Emilio Castelar, y El Demócrata Andaluz de Roque Barcia. En éste parece que Salvochea publicó, en 1866, su primer artículo protestando por las medidas represivas del general Narváez. Ahí se formaron los militantes del republicanismo gaditano. Tras los fracasos del general Prim en enero de 1866 y de la sublevación del cuartel de San Gil en Madrid en junio, los opositores a Isabel II unieron sus fuerzas.

Fue entonces cuando Salvochea comenzó a ayudar a los encarcelados o a quienes pasaban por la ciudad para embarcar hacia el destierro. Una intervención que terminó por tener un importante papel en la red de apoyo del levantamiento de septiembre de 1868. Una conspiración apoyada por los demócratas gaditanos que
encabezaron la Junta Provincial Revolucionaria en la que participaron
personalidades como el jerezano Ramón de Cala, el físico Eduardo Benot y el agrónomo Francisco Lizáur. El joven Salvochea ocupó la jefatura de uno de los dos batallones de “Voluntarios de la Libertad” creados por el nuevo cabildo gaditano.

Poco tardaron los demócratas gaditanos en comprender que sus objetivos no iban a ser asumidos por el nuevo gobierno. Así que decidieron actuar. A fines de
septiembre la Junta gaditana, entre otras medidas, suprimió los monopolios del tabaco y la sal, consideró el tráfico con las Antillas como de cabotaje y redujo los aranceles aduaneros. Unas medida que Madrid suspendió creando un gran malestar. Si los intereses de la burguesía gaditana no eran satisfechos, menos aún lo fueron los de las clases populares. Ni se suprimieron los consumos ni se democratizó el servicio militar. Por eso, cuando se ordenó, en diciembre, el desarme de los Voluntarios la situación estalló. Las milicias gaditanas se negaron a entregar las armas y los enfrentamientos comenzaron. Un ejército, al mando del general Caballero de Rodas, se dirigió hacia Cádiz que fue ocupada.
Salvochea reivindicó la responsabilidad de los enfrentamientosy fue encarcelado. Su fama se extendió hasta el punto de que, para que fuera puesto en libertad, fue elegido, en enero de 1869, diputado. Sin embargo, no pudo ocupar el escaño. Se le retiró el acta y no recobró la libertad hasta una amnistía otorgada en mayo. Fueron estos meses durante los que se acentuó su desconfianza en el Estado. No fue, el único, otros militantes republicanos también terminarían en un federalismo impregnado de reivindicaciones populares como la
devolución de los bienes comunales arrebatados a los municipios.




Cuando los federales catalanes se sublevaron en octubre, los de la provincia de Cádiz se les unieron.
Un grupo armado, con Salvochea al frente, se dirigió a Medina y Paterna en donde se unió al de Cristóbal Bohórquez.
Mientras las Cortes autorizaban el procesamiento militar de los diputados implicados, se produjo el enfrentamiento final que terminó con su derrota. Algunos, entre los que estaba Salvochea, se refugiaron en Gibraltar. Del Peñón se dirigió a Francia y se instaló en París. En España fue juzgado en rebeldía y condenado. Comenzaba su primer exilio y sus contactos con los revolucionarios europeos.
En junio de 1870 una amnistía posibilitó su regreso a Cádiz donde continuó militando en el Partido Federal pero, también, comenzó a hacerlo en la Internacional obrera.
Tras la proclamación de la I República en febrero de 1873, el 12 de julio Cartagena proclamó el Cantón. El 19 se constituyó el Comité de Salud Pública en Cádiz.
Lo encabezó Salvochea y participaron republicanos y obreros. En las semanas en que controlaron la ciudad insistieron en la supresión de impuestos, el desestanco del tabaco, la incautación de edificios religiosos, la separación Iglesia - Estado, la abolición de las quintas y la formación de
cuerpos voluntarios. El 30 de julio una columna mandada por el general Pavía ocupó Sevilla y se dirigió a Cádiz. El 3 de agosto los cónsules se hicieron cargo de la ciudad y formaron, con distintas personalidades conservadoras,
una Junta Provisional. Al día siguiente fue arriada la bandera roja del Cantón. Salvochea compareció ante un consejo de guerra que le condenó a veinte años de cárcel que, después, el Supremo, transformó en prisión perpetua.
Hasta 1882, cuando se fugó, permaneció en los penales africanos de La Gomera, El Hacho y las islas Chafarinas. Sus estancias en prisión, ésta y la posterior, fueron momentos claves para la construcción de la leyenda de Salvochea.
Sus casi dieciocho años encarcelado se convirtieron en una muestra del coste de la acción individual.
De nuevo se instaló en París, aunque pronto marchó a Londres y, ya en otoño, en la localidad fronteriza portuguesa de Vila Real de San Antonio.
En 1883 viajó a Orán y Tánger en donde permaneció hasta 1885. Tras la muerte
de Alfonso XII y la nueva amnistía decretada volvió a Cádiz. Salvochea ya se proclamaba anarquista.

El anarquista
En 1886 los federales decidieron participar en las primeras elecciones convocadas por la Reina Regente. Se dirigieron a Salvochea para que
fuera su candidato. Sin embargo el ex alcalde que, desde su regreso a la ciudad en 1885, se había mantenido alejado de la política, no aceptó. No esperaba nada de la política y pensaba que el único camino, para la emancipación de los trabajadores, era la transformación de la propiedad privada en colectiva e impedir así la explotación de clase. Seguramente, durante los largos años de prisión en que había terminado la última aventura política, había llegado a deducciones. Su encuentro en 1871 con la Internacional le abrió al compromiso
social. La ruptura con el federalismo no parece sino el fin de un camino.

El pensamiento de Salvochea se configuró en torno a una serie de principios.
En primer lugar, el anti-parlamentarismo. En enero de 1891, con motivo de las primeras elecciones con sufragio universal masculino, aseguraba que no esperaba nada de los parlamentos, ni siquiera de uno republicano, como ya había quedado demostrado en los Estados Unidos y Europa. La única esperanza era una revolución
social que terminara con la explotación, la esclavitud y los privilegios y
levantara otra nueva sociedad inspirada en el Comunismo, la Anarquía y la Fraternidad.

En segundo lugar el anti-militarismo. El ejército era la piedra angular del edificio capitalista. Una cuestión a la que dedicó su folleto, el único que escribió, La contribución de sangre publicado en 1901.
En tercer lugar el anti-clericalismo como quedó patente por los cambios que, durante su mandato municipal, realizó de nombres de calles y escuelas y prohibición de la enseñanza religiosa en las escuelas municipales.
Después en la creación de asociaciones librepensadoras y sus denuncias sobre la presión de los religiosos en las cárceles.

A su regreso a Cádiz comenzó a editar El Socialismo que se publicó hasta 1891. No se definió como comunista, seguidor de Kropotkin como era él, o colectivista bakuninista, acogió artículos de los minoritarios marxistas.

Buscaba la conjunción de las fuerzas revolucionarias. En él aparecieron textos de Lafargue y Réclus, manifiestos anarcocomunistas y colectivistas, circulares de la FTRE y folletos de Kropotkin. Lo subtituló “periódico anarquista” y pretendió la reorganización del movimiento obrero gaditano y ser instrumento de
agitación ideológica.Incluso Antonio Santander, presidente del Círculo de Hierros y, posteriormente, impresor y uno de los creadores delsocialismo gaditano.

Salvochea se adhirió con entusiasmo a la convocatoria de huelga mundial por las ocho horas. Organizó el primer 1º de Mayo celebrado en Cádiz. Intervino en el mitin que cerró la marcha y defendió que fuera acompañada de una huelga general indefinida. Todas estas actividades le hicieron peligroso
ante las autoridades. Era un elemento que había que callar.

A fines de abril de 1891 por un artículo publicado en El Socialismo fue detenido. Ya no saldría de la cárcel hasta 1899. En diciembre fue absuelto, pero en marzo de 1892 fue condenado a 2 meses de arresto por desacato al
juez. En febrero de 1893 también quedó libre de una acusación de fabricación y posesión de explosivos. Para entonces ya estaba acusado de ser unos de los inductores del llamado “Asalto a Jerez” de enero de 1892. Un motín originado por la entrada, en una de las capitales de latifundismo andaluz, de varios cientos de campesinos que terminó con el ajusticiamiento de cuatro de ellos. Salvochea fue acusado de transmitir las órdenes desde cárcel. El juicio tuvo lugar a fines de noviembre de 1893. Fue condenado a 12 años. De nuevo volvía a los presidios.
En septiembre salió de Cádiz hacia prisión de Valladolid donde el 15 de octubre
de 1893 intentó suicidarse. Durante los años siguientes se realizaron diversas gestiones para su indulto y peticiones para que lo trasladaran a El Puerto de Santa María. Sin embargo continuó en prisiones alejadas de Cádiz, en las de
Valencia y Burgos. Finalmente, en abril 1899, fue indultado.


A su regreso a la capital gaditana fue recibido por unas 5.000 personas. Restableció sus relaciones con el nuevo obrerismo local. Conoció a valores del anarquismo como el estudiante de medicina Pedro Vallina y al trabajador del astillero Juan


Sus casi dieciocho años encarcelado se convirtieron en una muestra del coste de la acción individual









Hacia mediados de 1901 Salvochea se trasladó a Madrid donde vivió de sus trabajos en un gimnasio, ejercer de representante de la casa de vinos de Agustín Blázquez y escribir en la prensa burguesa, como El Heraldo, El Progreso, El Liberal y El País, y la ácrata que editaba la familia Urales,como La Revista Blanca y Tierra y Libertad.

Frecuentó el Casino Federal madrileño y a la tertulia “Gente Vieja”, formada por militantes republicanos del Sexenio. Su círculo de amistades lo formaban
políticos como Benot, Esquerdo y Pi y Margall, anarquistas como Apolo, Vallina y Francisco Salazar, y literatos como Fernández Shaw y Sawa. Tampoco perdió
el contacto con el nuevo movimiento obrero que se estaba gestando y que
culminaría con la creación de la CNT. Asistió a alguno de los congresos de la FSORRE y participó en las acciones de los grupos anarquistas del momento.
Como las del entierro de Pi y Margall, la huelga de solidaridad con Barcelona, el atentado contra el policía Portas, el verdugo de Montjuich, o el llamado complot de “La Coronación”.



Posiblemente por estas acciones terminó regresando a Cádiz. Aunque la razón oficial fue que lo hizo, a finales de noviembre de 1902, por la enfermedad de su madre. Ahora se incorporó a la comisión pro-Escuela laica, a las tertulias de Justo Tovía y Benito Cuesta y Paúl y Picardo en calle Cristóbal Colón nº 21 y continuó frecuentando el Círculo de Hierros y
Metales y el Centro de Extramuros. Incluso, todavía, viviría un último, aunque breve, exilio por un delito de prensa. Posiblemente por una hoja distribuida durante la huelga de panaderos de febrero de 1903.

Salvochea murió el viernes 27 de septiembre de 1907 y fue enterrado el domingo 29 en medio de una gran manifestación y bajo una intensa lluvia. Comenzaba una nueva vida, la de la leyenda y el mito.

El MitoRápidamente Salvochea se convirtió en un mito. era uno de los hombres más populares de Andalucía, Los republicanos, que no olvidaban que Salvochea es un militante representativo del anarquismo decimonónico andaluz. fueron los primeros interesados en hacer de él un ídolo. Ramón León Máinez, publicó un artículo en el que exaltó al “glorioso visionario”, “al apóstol vencido”, “al hombre injustamente perseguido, de carácter noble”. Vicente Blasco Ibáñez estuvo entre los que más hicieron para forjar la imagen de Salvochea “apóstol”. Lo dibujó como “un santo laico”, austero, librepensador, querido por todos, en su
novela La bodega. El entonces diputado republicano pretendía ayudar, con esa representación, a desplazar al anarquismo del mundo obrero.

También para los anarquistas se convirtió en una leyenda. Frente al retrato de los republicanos apareció el ácrata de su amigo y discípulo, Pedro Vallina. Le mostraban como un “héroe moderno” que luchaba por la causa del pueblo, denunciaba la perversidad de la propiedad, el simulacro de la justicia burguesa, las virtudes del comunismo igualitario y la necesidad de la igualdad económica para establecer la fraternidad entre los hombres.
También lo hizo el alemán Rudolf Rocker. Ambos pusieron el acento tanto en el aspecto humano como en el revolucionario que ligan. Los elementos
que configuran el mito y la leyenda de Salvochea se han configurado en torno a la idea de que “era un Quijote de carne y hueso”. Sus casi dieciocho años de prisión eran una muestra del coste de la acción individual. Una acción que impregnó toda su vida y sintetizaba las virtudes del revolucionario.
Otro elemento es su amplia aceptación en diferentes círculos. Sean burgueses, republicanos o anarquistas. El pueblo gaditano lo ha hecho suyo y mira a su figura como un elemento identificativo cuya expresiones son las coplas de carnaval e, incluso, la santería.

Más allá de estas mistificaciones Salvochea es un militante representativo del anarquismo decimonónico andaluz.

Cree que el capitalismo no es muy diferente a una sociedad caníbal. De forma más refinada e hipócrita, el capitalista devora al trabajador. Sólo cuando la humanidad sea capaz de comprenderlo las cosas cambiarán. Entonces la acción transcenderá al individuo. Desde esta perspectiva se puede establecer una conexión entre Salvochea y la revolución española del verano de 1936.
Cuando, junto a la oposición al golpe fascista y el cambio de las relaciones de producción también nacieron unas nuevas relaciones personales. La ética del revolucionario es más importante que la definición del modelo de
sociedad que pretende crear.

De un tiempo a esta parte, ha surgido una corriente que, considerando muertas y enterradas las ideas ácratas, han comenzado una tímida recuperación de lo que consideran válido de ellas. Fija su atención en hechos, personas y entidades que arriman a su “ascua”. Así ocurre con la figura, la obra y la significación
de Salvochea. Unos hacen hincapié en su radical republicanismo federal. Otros destacan su figura de hombre “bueno”, de la persona que se arruinó, la que nunca descargó sus responsabilidades en otros y acompañaba, a pesar de su ateismo,
a su madre a la puerta de la iglesia.

Sin embargo, apenas se nombra su militancia anarquista. Que su irreligiosidad es radical, no sólo librepensadora. “Mi religión es practicar el bien” escribió. Que frente a las patrias de campanario, al patrioterismo tan al uso, Salvochea nos habla del internacionalismo, de que el mundo es la patria de los hombres. Que su antimilitarismo no es sólo la oposición a la contribución obligatoria de sangre, tanto teórica como práctica, sino a la existencia de cualquier tipo de ejército. Que su compromiso con el mundo obrero iba mucho más allá de apoyar sus reivindicaciones laborales. En definitiva que es el hombre, en toda su complejidad, quien protagonizará el cambio social. Por eso pudo escribir que si se mirasen al microscopio las joyas que luce la burguesía se verían que, en ellas, están los glóbulos rojos que faltaban en la sangre de los trabajadores.

Alguna bibliografía:

-Brey, Gérard y otros (1987), Un anarchiste entre la légende et l’histoire.
Fermin Salvochea, Paris, Presses
Universitaires de Vincennes.
-Mariscal Carlos, Eugenio (1997), Fermín
Salvochea en las letras del carnaval,
Cádiz, Aula del Carnaval.
-Maurice, Jacques (1990), El anarquismo andaluz. Campesinos y sindicalistas
(1868-1936), Barcelona, Crítica.
-Puelles, Fernando de (1984), Fermín
Salvochea. República y anarquismo,
Sevilla, Ed. Autor.
-Vallina, Pedro (1958), Crónica de un
revolucionario con trazos de la vida de
Fermín Salvochea, París, Ediciones
Solidaridad Obrera.


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